Recordar cuál era la situación de los cuerpos, en el país que era Chile entonces, veinticinco años atrás, es penetrar en la maraña de ellos, hurtados y desaparecidos, torturados en mazmorras; apremiados, reprimidos, correteados en espacios públicos; advertidos por, sobre todo, de las bondades de su no-manifestación. Es pues en torno a esos años, respirando ese clima y no por eso como reacción directa, que Tito Calderón sentirá la obsesión de manifestar sus líneas, el empuje de algo que se tendrá que exhibir. Como en tiempos en que reina la muerte, Eros decide salir al campo de batalla. Difícil presentación en un territorio árido de cultura erótica. No tenemos, por ejemplo, una mitología como la que prodiga el olimpo hinduista donde los sentidos y el corazón de los amantes suele estremecerse al unísono con la naturaleza. Nada hay tampoco de la cabalgata báquica de las ménades o , místicas voluptuosidades. Quizás si
subyaga algo del instinto primitivo de dos grandes burladores: el Don Juan y el Trabuco chilote pero a cuenta de que prevalezcan difuminados, hechos humo, depositados en el negro más negro de los cuadros de Tito Calderón, donde no puedan verse porque esas telas están siendo saturadas por otros mundos. En efecto, en ellas se ven las sombras (los centenares de grises más que las luces) de las sociedades masivas y del espectáculo, a la vez que las impresiones y derivaciones de los medios de comunicación y reproducción técnica: lugares sin presencia divina, sin aura, al margen de la ley y en el que, naturalmente, el altar del sexo tiene un lugar privilegiado. Es pues allí, que se prepara, una gran mezcolanza de modernidad y posmodernidad de pacotilla para que la sangre desprendida de toda espiritualidad, pero también de todo pecado, haga una nueva convocatoria al deseo. Precedidos de tales determinaciones, Tito Calderón introduce sus personajes- seres disfrazados al que el artista no es ajeno- en el escenario del juego, de la exhibición. Lo hace con refinamiento y complejidad baudelarianos. A todos ellos les podrían acompañar los versos del poeta “…la muchedumbre vil,/bajo el látigo del Placer, verdugo sin piedad/ va a cosechar en la fiesta servil/(mi) Dolor…”(Recogimiento).Es la masa que allí se desgrana- hombres, mujeres o niños (La infancia verde)- al desnudo, aún cuando estén vestidos. Se recortan en poses estereotipadas, figuras vaciadas por los escotes o sobrecargadas de atuendos con el único fin de llamar la atención, aunque contrariamente parecieran cuerpos ajenos a sí mismos y a los demás. Son cuerpos rendidos, “carnal almohada donde no se puede amar, pero dónde la vida fluye”, según palabras de Baudelaire. En tal estado de frialdad, sorprendidos por un congelamiento fotográfico, sus permanencias, se enmarcan en un espacio y en una escenografía que son el avance de la urbe y la abolición de la naturaleza. En las ventanas y vitrinas, más objetos que los objetos mismos esparcidos, son a la postre, carne descarnada y desencantada en busca, aparentemente , de su voyeur.
Elvira Hernández
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