A través del trabajo de Álex Voltà se erige un universo inédito, que sólo debido a las dotes mediúmnicas del artista consiente en aparecer. Una vida lunar y melancólica, triste y cruel, tan frágil como intensa cuyo sentido y reglas –que se adivinan graves y directas- nos es, por fortuna, ignorado.
Los cuadros de este artista son lugares donde la vida se mantiene abierta y escapada del coto familiar, supuestamente férreo, se erige en desconcertante deformidad.
Las telas recogen una geografía crepuscular. El artista pinta el misterio de sus lúgubres riberas y yermos espacios con ruinas y losas ajedrezadas; páramos heridos, aquí y allá, por cipreses grisáceos, árboles de rama desnuda, moribundos y lunas perennes que menguan o agrandan. Habitan la zona inquietantes figuras antropomorfas, que se dirían en proceso inexorable de pérdida de sus rasgos distintivos. Más que hombres, lo que vemos son los frutos tardíos, ya tarados, de alguna humanidad agotada y descreída, incapaz de impulsarse a sí misma en la disputa mantenida por todo ser a fin de perdurar y obtener una representación propia a través de la cual desarrollar la existencia.
La hermosura proveída por Voltà es evidentemente convulsiva, difícil, por cuanto no remite a un ideal, ni a la alucinación pura, sino que posee un enrarecimiento de lo conocido, lo siniestro, definido por Freud como “extrañeza de lo familiar”.
Cabe, además, destacar la ruptura del tiempo existente en las obras. Se le somete, se le obliga a demorarse para que suscite las quebraduras por las que irrumpen los monstruos, lo singular. A los cuadros de Voltá les han llegado a su hora poco a poco, hasta entonces duró la gestación, la gradual añadidura de un detalle o de una capa más de óleo. El momento especial en el cual seguir sumando, resta.
Manuel Crespo |