A lo largo de los años la obra de Robert Pous ha evolucionado desde las series morfológicas, procedentes de fórmulas matemáticas, traducidas en estructuras geométricas que se conectaban entre sí rítmicamente, hasta el actual protagonismo del perfil humano que se expone en la galería Punto Arte.
Pese a esta variación temática el trabajo de este artista tiene algunas constantes que definen su sello personal. Una es su atractivo, una dulzura aparente, derivada de la paleta austera y la armonía de las formas. Otra es la tensión explícita entre superficie y fondo, espacio vacío y ocupado, caos y orden. De dichas tensiones resulta la aparición de una entidad que nunca terminará de darse acabada, pues siempre está en proceso, viva. En el escenario de la tela acontece el dilema esencial de la materia, que posibilita su sustancia y es requisito para su visibilidad: la pugna irresoluble de una presencia que para afirmarse ha de apoyarse en el reverso, en su negación. Seguramente es esa lucha la que da potencia a la obra de Pous.
Lo que se ve no es estridente. Siluetas negras y blancas sobre un fondo blanquecino. Apenas algún destello de color rojo. Pero conviene acercarse a lo ofrecido por Pous como conviene vincularse a todo lo real: mediante la fascinación. La unión apasionada al objeto permite apropiarse de él. Sólo así la realidad es sentida como fuente inagotable de extrañeza. Esa cualidad infantil de ver el mundo como por primera vez, con ojos vírgenes y ávidos de sorpresa, debe el adulto buscarla deliberadamente. La acción supone tanto la negación del aluvión de imágenes llamativas y vacías como la afirmación de lo singular. Consiste en que la mirada se dirija desde la Idea platónica, fría y racional, a las sombras indiscernibles que tiemblan en la Caverna.
Entonces se siente la alteridad. Lo otro. Lo irreconciliable. la relación dual que es el juego de seducción y repulsa que caracteriza a lo vivo.
Pous se enfrenta al lienzo lenta y meticulosamente. No es impetuoso, sino que pinta siguiendo un plan establecido. Aunque el azar participe en la elaboración, porque en toda obra de arte está la fortuna del hallazgo, esto no ocurre aquí por un arrebato, sino gracias a la paciencia y a su estilo particular.
Lo singular en Pous es la elevación de su trazo. A partir de un lecho matérico lo habitual sería que el dibujo naciera de la hendidura en la masa todavía fresca. Pero Pous emplea un método escultórico de relieve. Las líneas sobresalen, se hacen tridimensionales, acudiendo al encuentro del observador. Los surcos, generalmente pintados de negro, atrapan la vista y guían su recorrido, haciendo reconocibles las figuras.
Alrededor de ese laberinto amurallado deposita, capa a capa, sedimentos de pintura. Por ello los cuadros de Pous poseen una cualidad geológica que invita a demorarse. Sus múltiples accidentes, rasgaduras, elevaciones, simas y mesetas crean un mapa desolado y desguarnecido que por su austera apariencia es al mismo tiempo inaugural. En las grietas y por los resquicios asoma lo impensable.
La labor desemboca en un equilibrio extraño.
La geografía se puebla. Hay seres humanos que, solos o acompañados, apenas dialogan. Personas cuya carne blanca es fruto de la elevación o del contorno negro, que adquirieron cuerpo por la altura de la estría, gracias al vértigo de lo que pretende ascender y de lo que lucha por sumergirse. El movimiento en doble sentido, entre la claridad de lo razonable y la oscuridad de lo sólo presentido, logra que la muestra de Pous sea simbólica y remita a una Realidad poética que no acepta ser descrita..
Manuel Crespo
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