EL ENCANTADO UNIVERSO DE FE BLASCO
El artista ve las cosas como son, no como parecen ser en el ajetreado ir y venir de la vida cotidiana. Pero no se trata de una visión fijada de una vez para siempre. La mirada del creador no agota las posibilidades y su obra nos incita a descubrir las cosas a cada instante. Porque, a cada instante, el mundo caduca, desaparece, y se crea de nuevo.
Esta manera de entender el arte no es el que priva hoy, cuando la razón y la voluntad producen tanto arte estéril, carente, no ya de sentido, sino del sinsentido último que ha de sustentarlo, rico en misterio y en trascendencia. Fe Blasco sí es capaz de verlo y de hacérnoslo ver así, y la realidad puede presentarse de manera tan natural como delirante, vivificante. Un ser o una cosa está siempre camino de ser otro ser u otra cosa, al igual que uno y otro se entremezclan y se continúan.
El mundo está en tránsito. Hombres, mujeres, niños, animales, plantas, objetos, espacios, grandes espacios que continúan fuera del cuadro, son manifestaciones de una llameante realidad, indefinible y en constante transformación. Tampoco parece que la vida y la muerte sean cosas distintas, que el bien y el mal se contrapongan, sino que se anulen. El contemplador de este arte ha de aceptarlo todo, sin advertirlo, sin pretenderlo, porque en el arte no se ha de pretender nada, sino esperar, esperar siempre, agradeciendo de antemano cualquier sorpresa. Está también el color, encendido en rojos vivos o asordados, amarillos fuertes y claros, ocres y tierras, un verde vivo y el verde hoja, azul de Prusia y azul celeste, lilas, diversos tonos agrisados, y negros. Colores que contrastan entre sí y, al mismo tiempo, crean una suerte de sinfonía tan discordante como armónica.
Ante la pintura de Fe Blasco, tan inocente como sabia, tan sencilla como compleja, percibimos el goce de una emoción nueva, limpia, que nos hace ver la realidad como por vez primera.
José Corredor-Matheos
|