En la plaza de toros he sentido tristeza, pero también una intensa exaltación desconocida en el transcurrir de la vida diaria. La corrida es una experiencia rica e insólita en la que me sumerjo de lleno, que me colma los sentidos y me lleva a considerarlo imponderable: la dignidad, el miedo, el dolor, la emoción. Fuera de su contexto específico, la fiesta, con su música y trajes de luces en contacto directo con la sangre y la muerte, y todo en nombre del arte, acaso podría resultar hasta ridícula. Pero tal y como se representa en su espacio propio, en esas antiguas catedrales culturales-comparables únicamente a los grandiosos estadios de béisbol plasmados en viejas fotos de Brooklyn, Chicago o Boston-la lidia aparece como algo grave, sugerente, inmemorial. Algo capaz de llevarnos del silencio al grito
Mi propósito con esta serie de fotografías, en la que llevo trabajando quince años, no es convencer a nadie de las virtudes ni de los defecto del toreo. Comprendo la reacción visceral contra el espectáculo, pero me motiva más estudiarlo que condenarlo por principio.(…) Uno se habitúa a ver a un gran torero, o a uno más o menos bueno, manejar al toro bravo como a un títere; pero en el fondo todos sabemos que no siempre se pueden anticipar los movimientos de las bestias, que se cometen errores, y que cuando esto ocurre, el titiritero pasa a ser el juguete. Y entonces, desde la seguridad de los tendidos, contemplamos sin aliento, o con alaridos, cómo los cuernos le ganan la partida al hombre. Yo nunca le desearía eso a nadie, pero si ocurre quiero estar ahí. Quiero verlo e intentar captarlo en imágenes. Me fascina explorar lo que yo puedo hacer con algo así y lo que eso, a su vez, va haciendo de mí. |