Tanto se obstinan, quienes están demasiado interesados en que sus obras carezcan de rastros, en proclamar el fallecimiento del cuadro como soporte válido en la creación actual, que con mayor fuerza quedan desmentidos ante la convulsión generada por algunas pinturas frecuentadoras del misterio.
Ante ellas, gracias a la intensidad obtenida durante su contemplación, se quiebra esa fe indiscutible en la tecnología y sus aparatos, tan arraigada ya en el hombre de occidente que parece formar parte de su sustancia, y que ha infectado a su facultad poética; ideología según la cual cualquier innovación mecánica es buena por sí misma y debe ser aplaudida en tanto no sea superada por la siguiente novedad. Es lógico para ese credo que el ratón del ordenador supere a los pinceles.
Sin embargo, y esto debería saberse, el arte nada tiene que ver con lo mediático, y cualquier herramienta utilizada en este ámbito debe servir a esa escisión resultada de la pugna por designar lo indecible e iluminar una realidad cuya esencia es permanecer opaca.
Por eso, en el arte hay evolución, no progreso. Camina de retorno a lo primordial, a las fuentes telúricas del espíritu, al páramo azotado por el viento, y la obra es testimonio de una aventura individual, singladura repetida una y otra vez, que debe ser recorrida por cada hombre como si de un camino nuevo se tratase.
Quienes conocen la trayectoria de Pere Salinas saben de su honestidad, fundada en su coraje. De su disciplina, fruto de la obligación autoimpuesta en adentrarse, etapa tras etapa, en una intemperie, territorio en el que la maestría no auxilia, sino que promueve el peligro. Riesgo que formalmente se traduce en un aumento gradual de la tensión, que le impide dar por acabado un trabajo hasta el límite; allá donde añadir algo más de pigmento o prolongar el gesto constituiría un fracaso, y que, en el plano existencial, supone un hostigamiento del ser, la eterna interrogación que debería plantearse cada persona: ¿Quién soy yo?
Geografies del silenci, que así ha llamado a su última experiencia, ahonda un poco más en ese diálogo entre ocultación y desvelamiento que define el mismo flujo de la vida, su vaivén; pues estas pinturas han echado, en mayor modo, raíces en una tierra austera, casi desértica, tan ajena al contraste llamativo y a los efectos espectaculares como afecta a la sutileza y la humildad.
La serenidad, aunada a la premura de algunos trazos, transita estos lienzos en los que Salinas, literalmente, ha tanteado, extrayendo con sus propias manos la luz albergada en la negrura de los fondos, en un ejercicio de paciencia que posibilita resistirse al tiempo, cuyo transcurso queda suspendido al prenderse la mirada en los innúmeros detalles, en la densidad que, poso a poso, fue sedimentando, como el mineral, sobre el espacio de la tela.
Nacida del estupor y el asombro, hermana de lo elemental, la actual exposición de Pere Salinas sume en lo desconocido, cuyo peligro atrae, concede al ojo la belleza de lo imposible, que jamás podrá contenerse en un concepto. Tal vez por compartir responsabilidad con su amado Hölderlin: “Pero nos corresponde, ¡oh poetas!, resistir/ la cabeza desnuda, las tormentas del dios/ y agarrar con las manos ese rayo...
Manuel Crespo |